CUANDO MUERE UN SER QUERIDO

Nadie está preparado para el dolor y menos aún el que produce la muerte de un ser querido.  El duelo es la reacción emocional, física y espiritual en respuesta a tener que aceptar que alguien que amamos ya no estará presente físicamente. Es un acontecimiento vital estresante de primer nivel. No es un sentimiento único, sino más bien una compleja sucesión de sentimientos que precisan de cierto tiempo para ser superados, no siendo posible acortar este período de tiempo.

Si bien cada uno de nosotros vive la pérdida y elabora el duelo de una manera muy personal, hay algunas constantes que es bueno conocer.

LOS PRIMEROS MOMENTOS:

En las pocas horas o días que siguen al fallecimiento de un pariente cercano o de un amigo, la mayoría de los afectados se siente simplemente aturdida, paralizada o confundida ya que no llegan a creer lo que realmente ha ocurrido. Esta sensación puede tener lugar a pesar de que el fallecimiento hubiera sido esperado. Este entumecimiento o adormecimiento emocional puede ser de ayuda a la hora de afrontar las importantes obligaciones que hay que llevar a cabo tras el fallecimiento, como contactar a los demás parientes y la organización del funeral. El ver el cuerpo del fallecido puede ser, para algunos, la forma de empezar a superar esta fase. De forma similar, el rito del funeral puede ser una ocasión en la que se empieza a afrontar la realidad de lo acontecido.

SÍNTOMAS EMOCIONALES Y FÍSICOS:

Es muy importante tener en cuenta que el duelo implica síntomas físicos y emocionales. Estos pueden ser:

  • Negación o incredulidad: La persona en duelo piensa y actúa como si su ser querido continuara vivo. Suena el teléfono y, por un instante, piensa que es él. No ha perdido la esperanza de que vuelva. Esto puede ir acompañado por una sensación de irrealidad, incapacidad de reaccionar, de actuar como un autómata…
  • Enojo, rabia y resentimiento
    Los afectados frecuentemente se sienten muy "enfadados", y suelen estarlo con los médicos y las enfermeras que no evitaron su muerte, con sus familiares y amigos quienes no hicieron lo suficiente, o incluso con la persona fallecida porque los ha abandonado. Uno puede formularse preguntas como: ¿Por qué Dios ha permitido esto? ¡Esos médicos ineptos la dejaron morir! ¿Cómo me dejás ahora con todo lo que te necesito? ¡Todos siguen viviendo como si nada hubiera pasado! El resentimiento forma parte del dolor y es algo normal. Es una fase especialmente difícil porque no siempre familiares y amigos entienden o permiten expresar este enojo.
  • Tristeza
    Se vive una intensa sensación de agitación y desasosiego y anhelo de la persona fallecida. La persona afectada por el duelo alberga el deseo de encontrarse con el fallecido aunque sabe que esto es claramente imposible. Esto hace difícil relajarse o concentrarse en cualquier actividad, así como también resulta difícil dormir adecuadamente. Los sueños pueden ser extremadamente perturbadores. La pena puede tener muchas expresiones: llanto, melancolía, nostalgia…
  • Miedo, angustia y soledad
    Una sensación de inquietud, angustia, confusión y desamparo: “¿Qué va a ser de mí?” Puede aparecer el miedo a volverse loco/a. Estos sentimientos tan intensos y tan desagradables son algo natural.
  • Culpa y auto reproches
    Las personas en duelo con frecuencia piensan en todas aquellas cosas que les hubiera gustado decir y/o hacer y que no fueron posibles, como por ejemplo haber sido más cariñosos; haber llamado al médico antes, haber tenido más paciencia, etc. Pueden llegar a pensar que de  haber actuado de una forma diferente, esto hubiera podido evitar la muerte de su ser querido. Desde luego, la muerte generalmente está más allá del control de cualquiera y la persona en duelo puede necesitar que se lo recuerden. La culpa puede también surgir si la relación con el/la fallecido/a ha sido conflictiva o cuando se experimenta cierta sensación de alivio tras el fallecimiento de una persona afectada por una enfermedad particularmente penosa o muy dolorosa. Este sentimiento es natural, frecuente y totalmente comprensible.
  • Alivio
    El final de una larga y dolorosa enfermedad o relación se pueden vivir con una sensación de alivio y descanso.
  • Sensación de oír o ver al fallecido
    Algunas personas pueden sentir que “oyen” la voz de su persona amada o que la "ven" en cualquier sitio al que van y donde han estado juntos con anterioridad. Son sensaciones pasajeras absolutamente normales después del fallecimiento de una persona querida.
  • Inestabilidad emocional y cambios de humor
    Los períodos de depresión se hacen más frecuentes y alcanzan su máxima intensidad a las 4 o 6 semanas del fallecimiento. Los momentos de gran aflicción o pena pueden ocurrir en cualquier momento, desencadenados por personas, lugares o cosas que recuerdan a la persona fallecida. Los sentimientos pueden ser cambiantes y contradictorios. La persona en duelo en un momento está tranquila y explota en lágrimas sin razón aparente en el instante siguiente. Estos cambios repentinos pueden confundir o resultar incómodos a los amigos o parientes y difíciles de comprender, pero son parte del modo normal del proceso de duelo. Durante este tiempo, a los demás puede parecer que la persona en duelo desperdicia gran cantidad de tiempo sentada sin hacer nada. Lo cierto es que esta es una parte esencial del duelo.
  • El “duelo del cuerpo”

Las personas que pasan por la primera fase de duelo pueden sufrir síntomas corporales como cansancio extremo, pérdida del apetito, náuseas, palpitaciones, opresión en la garganta o el pecho, nudo el estómago, dolor de cabeza, pérdida del deseo sexual, insomnio, sensación de falta de aire, pérdida de fuerza, dolor de espalda, temblores, hipersensibilidad al ruido, visión borrosa.

Con el paso del tiempo, el dolor intenso de la fase inicial del duelo comienza a desvanecerse. La depresión desaparece, el sueño mejora y el nivel de energía retorna a la normalidad. El deseo sexual, que puede haber desaparecido por algún tiempo, ahora regresará. Empieza a ser posible pensar en otras cosas e incluso el mirar hacia el futuro. Sin embargo, la sensación de haber perdido parte de uno mismo nunca desaparece del todo.

ESTRATEGIAS PARA SOBREVIVIR AL DOLOR Y A LA PÉRDIDA

  1. Darse el permiso para estar en duelo y para sentir el dolor

Puede parecer mejor no sentir el dolor, o evitarlo con distracciones y ocupaciones pero, al final, el dolor saldrá a la superficie. El momento de dolerse es ahora y no de hacerse el/la fuerte. Acepta el hecho de estar menos atento e interesado por las ocupaciones habituales o por las amistades durante un tiempo. Sentir y expresar el dolor, la tristeza, la rabia, el miedo...por la muerte de tu ser amado, es el ÚNICO camino para cerrar y sanar la herida por la pérdida.

  1. Darse el tiempo para sanar

La mayoría de las personas en duelo suele recuperarse en el primer o segundo año tras el fallecimiento. No te hagas, pues, expectativas mágicas. Estate preparado para las recaídas. Hoy puedes estar bien y un suceso inesperado, una visita, un aniversario, las fiestas te hacen sentir que estás como al principio, que vas para atrás, pero no es así. El momento más difícil puede presentarse alrededor de los 6 meses del fallecimiento, cuando los demás comienzan a pensar que ya tienes que haberte recuperado.

  1. Ser paciente consigo mismo/a

Aunque las emociones que estás viviendo pueden ser muy intensas y necesitar mucha energía, son pasajeras. Procura vivir el momento presente, por duro que sea. Sé amable contigo mismo/a. Recuerda que el peor enemigo en el duelo es no quererse.

  1. Postergar las decisiones importantes

Decisiones como vender la casa, dejar el trabajo, mudarte a otro lugar es preferible dejarlas para un poco más adelante. No suele ser tampoco conveniente iniciar una nueva relación afectiva (nueva pareja, otro embarazo…) mientras no hayas resuelto adecuadamente la pérdida.

  1. No descuidar la salud

El profundo dolor que nos genera una pérdida nos puede hacer olvidar de cosas importantes como la buena alimentación, el ejercicio y todos esos buenos hábitos que mejoran nuestra calidad de vida. Pasados los primeros días puede resultarte muy útil que te hagas un horario (hora de levantarte, comidas, hora de acostarte…) y que lo sigas. Comer bien, hacer ejercicio y descansar te ayudará a superar cada día y a seguir adelante. No abuses del tabaco, alcohol o tranquilizantes.

  1. No auto medicarse

Si para ayudarte en estos momentos tienes que tomar algún medicamento, que sea siempre a criterio de un médico y nunca por los consejos de familiares, amigos y vecinos bien intencionados.

  1. Buscar y aceptar el apoyo de los otros

Compartir anécdotas sobre los difuntos puede ayudar a todos a lidiar con la pérdida. Date permiso para sentirte bien, reír con los amigos, hacer bromas. Recuerda que tu ser querido querría sólo lo mejor para ti. Sigue conectado con los otros. Dales la oportunidad a tus amigos y seres queridos de estar a tu lado. Piensa que quieren ayudarte, pero no saben la manera de hacerlo. No te quedes esperando su ayuda y pídeles lo que necesitas. No es fuerte el que no necesita ayuda, sino el que tiene el valor de pedirla cuando la necesita.

  1. Ser paciente con los demás

Ignora los intentos de algunas personas de decirte cómo debes sentirte y por cuanto tiempo. Sentirás que algunas personas no comprenden lo que estas viviendo. Intentarán hacer que te olvides de tu dolor. Comprende que lo hacen para no verte triste. Busca personas de confianza que te permitan "estar mal" y desahogarte sin miedo tantas veces que lo necesites.

  1. Confiar en los propios recursos para salir adelante y en la contención que da la fe.

Los seres humanos, por naturaleza, tenemos una gran capacidad de resiliencia. Recuerda como pudiste resolver otras situaciones difíciles de tu vida. Repítete a menudo: "algún día encontraré mi serenidad". La actitud del creyente respecto de su fe en la otra vida te dará con el tiempo paz, sosiego y una aceptación serena de la pérdida, viviendo los acontecimientos a la luz del amor de Dios. El que partió está en el corazón de Dios y ya no sufre, ya nada malo le puede pasar. Alivia el dolor saber que vamos a encontrarlo en el corazón de Nuestro Padre Celestial, donde todos vamos a estar un día. La vida es la culminación y no la muerte, y esta se convertirá en la ofrenda más hermosa y agradable con la que nos presentaremos al Señor de la Vida.

  1. Rememorar y celebrar la vida de su ser querido.

Recordar con gratitud por lo vivido con la persona amada es un consuelo para los sobrevivientes. Repetir y evocar los recuerdos es parte del camino que tienen que recorrer para sanar su herida. No se lamente por haberla perdido; dé gracias por haberla tenido. Si tu relación con el/la fallecido/a ha sido conflictiva, decide con cuáles recuerdos te quieres quedar.

  1. Re significar las fiestas

Cada familia tiene una tradición propia de cómo celebrar las ocasiones festivas (Cumpleaños, Navidad, Pascuas, aniversario de la boda). A veces es demasiado doloroso seguir con los mismos ritos familiares. Junto a los tuyos,  puedes crear una nueva tradición a partir de la muerte de un integrante de la familia.

  1. Ayuda a otras personas que también lidian con una pérdida.

Transformar el dolor en acción positiva para otros te ayudará a sentirte mejor también.

Si ves que pasado un tiempo te sigues sintiendo atrapado en tu sufrimiento, si tu abatimiento se hace más profundo, ves que dependes más de los medicamentos o el alcohol, cuando el deseo de morir se hace más intenso busca un profesional, médico, sicólogo, sacerdote o pastor/a que te ayude a elaborar el duelo adecuadamente.

 

Puedes llorar porque se ha ido, o puedes sonreír porque ha vivido.
Puedes cerrar los ojos y rezar para que vuelva
o puedes abrirlos y ver todo lo que ha dejado;
tu corazón puede estar vacío porque no lo puedes ver,
o puede estar lleno del amor que compartisteis.
Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío y dar la espalda,
o puedes hacer lo que a ella le gustaría: sonreír, abrir los ojos, amar y seguir.

(David Harkins)

 

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.
Yo sigo siendo yo. Tú sigues siendo tú.
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
Dame el nombre que siempre me diste. Háblame como siempre me hablaste.
No emplees un tono distinto.
No adoptes una expresión solemne ni triste. Sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos…
Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue.
Sin énfasis ninguno, sin huella alguna de sombra.
La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado.
¿Por qué habría yo de estar fuera de tus pensamientos?
¿Sólo porque estoy fuera de tu vista?
No estoy lejos, tan sólo a la vuelta del camino…
Volverás a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás.

(Atribuido a San Agustçin)